Subir una montaña

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Sé, que para una persona que se pasa casi todas las tardes de domingo tumbada en el sofá de su casa, sin hacer nada más que conectarse a internet y tragar todos los programas basura de la televisión, le resultará prácticamente imposible comprender qué se saca de subir una montaña, de sudar, cansarse e incluso poner en peligro su vida por algo que, como más de uno me ha dicho, “que absurdo es subir para luego tener que bajar”.

Subir una montaña no es sólo alimentar el ego satisfaciendo la necesidad de conquistar cimas. Es mucho más espiritual. Significa conocerse a uno mismo, vencerse, pasar por encima del dolor, el cansancio y sobre todo saborear la satisfacción de llegar a la cima fundiéndose con la montaña, la naturaleza, el viento, la soledad…la paz.

La montaña es esa alegoría de la vida en la que cada uno tiene que encontrar su propio camino, y descubrir cómo realizarlo, asumiendo sus limitaciones, compaginándolas con sus aspiraciones. En la montaña, como en la vida, no puedes esconderte detrás de nadie, porque aunque a veces tengas compañeros de viaje, no puedes echarles la culpa de tus fracasos. Eres tú y tu montaña. Eres tú desnudo ante tu camino. Y en esa soledad aprendes a hablar contigo mismo. En todo ese proceso inconsciente en el que se establecen paralelismos entre la montaña y el camino personal de cada uno, se forja el carácter, porque uno aprende a conocerse a sí mismo y es más consciente de sus limitaciones.

Excursionista

Cuando consigues subir muy alto, aprecias la virtud de verlo todo en perspectiva.  Y los problemas, cuando se ponen en perspectiva, se ven de otra forma. La perspectiva me ha hecho feliz. Os relataré una vieja historia acerca de esta cuestión:

Había una vez un discípulo de un filósofo griego al que su maestro le ordeno entregar dinero durante tres años a todo aquel que le insultara. Una vez superado ese período de prueba, el maestro le dijo: “Ahora puedes ir a Atenas y aprender sabiduría”. Cuando el discípulo llegó a Atenas vio a un sabio sentado a las puertas de entrada de la ciudad que se dedicaba a insultar a todo aquel que entraba y salía. También insultó al discípulo, que se echó a reír. “¿Por qué te ríes cuando te insulto?”, le preguntó el sabio. “Porque durante tres años he tenido que pagar por esto mismo y ahora tú me lo ofreces gratuitamente”, contesto el discípulo. “Entra en la ciudad – le dijo el sabio -. Es toda tuya…”

NeblinaSé, que para una persona que se pasa casi todas las tardes de domingo tumbada en el sofá de su casa, sin hacer nada más que conectarse a internet y tragar todos los programas basura de la televisión, le resultará prácticamente imposible comprender qué se saca de subir una montaña, de sudar, cansarse e incluso poner en peligro su vida por algo que, como más de uno me ha dicho, “que absurdo es subir para luego tener que bajar”.

Subir una montaña no es sólo alimentar el ego satisfaciendo la necesidad de conquistar cimas. Es mucho más espiritual. Significa conocerse a uno mismo, vencerse, pasar por encima del dolor, el cansancio y sobre todo saborear la satisfacción de llegar a la cima fundiéndose con la montaña, la naturaleza, el viento, la soledad…la paz.

La montaña es esa alegoría de la vida en la que cada uno tiene que encontrar su propio camino, y descubrir cómo realizarlo, asumiendo sus limitaciones, compaginándolas con sus aspiraciones. En la montaña, como en la vida, no puedes esconderte detrás de nadie, porque aunque a veces tengas compañeros de viaje, no puedes echarles la culpa de tus fracasos. Eres tú y tu montaña. Eres tú desnudo ante tu camino. Y en esa soledad aprendes a hablar contigo mismo. En todo ese proceso inconsciente en el que se establecen paralelismos entre la montaña y el camino personal de cada uno, se forja el carácter, porque uno aprende a conocerse a sí mismo y es más consciente de sus limitaciones.

Excursionista

No es nada que nadie vaya a aprender por leer estas líneas. No pretendo evangelizar a nadie. En el pasado lo intenté, tal vez envenenado por mi ego, pero fue inútil y hasta salí escaldado. Cada uno tiene sus tiempos y sus objetivos vitales. Y hay gente que de forma consciente decide que su vida debe pasar por delante sin más, hasta apagarse. Ahora sólo me rodeo de gente que de verdad merece mi atención. Me lo ha enseñado la montaña. Porque con esa estrategia, subo más rápido, porque no pierdo energía en compañeros de viaje que no merecen la pena. Pero sigo creyendo firmemente que todo ser humano debería subir una gran montaña al menos una vez en su vida. Quizás muchos problemas del mundo se podrían evitar. Porque cuando consigues subir muy alto, aprecias la virtud de verlo todo en perspectiva.  Y los problemas, cuando se ponen en perspectiva, se ven de otra forma. La perspectiva me ha hecho feliz. Os relataré una vieja historia acerca de esta cuestión:

Había una vez un discípulo de un filósofo griego al que su maestro le ordeno entregar dinero durante tres años a todo aquel que le insultara. Una vez superado ese período de prueba, el maestro le dijo: “Ahora puedes ir a Atenas y aprender sabiduría”. Cuando el discípulo llegó a Atenas vio a un sabio sentado a las puertas de entrada de la ciudad que se dedicaba a insultar a todo aquel que entraba y salía. También insultó al discípulo, que se echó a reír. “¿Por qué te ríes cuando te insulto?”, le preguntó el sabio. “Porque durante tres años he tenido que pagar por esto mismo y ahora tú me lo ofreces gratuitamente”, contesto el discípulo. “Entra en la ciudad – le dijo el sabio -. Es toda tuya…”

Neblina

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